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La imperiosa necesidad de formar público de Jazz

Nota escrita para el Magazine Livingjazz No. 7

 

Por: Catherine Vieira. Desde Medellín, Colombia

El jazz ha sido considerado por muchos el padre musical del siglo XX. Para los amantes del jazz éste podría representar lo que para la vida implica “un latido”, sin importar si lo interpretas o lo escuchas. Marcas el ritmo, sientes su tránsito por la piel, un sonido que se vuelve envolvente y ondulante y que sí o sí se te incrusta en el corazón. Ya decía Parker, que quería que su jazz bailara en las cabezas y congelara la sangre, no quería que éste se redujera a una música netamente ornamental, al segundo plano.

El jazz afrontó todos los cambios de la reproducción sonora: LP´s, radiodifusión, CD´s, hasta el jazz en la red donde hoy puedes escucharlo haciendo un simple click. Sin embargo, un género que nació como música popular con una fuerte raíz social, ha ido perdiendo ese carácter. En algunos casos se ha “elitizado” o en su defecto, es consumido por grupos muy especializados, así como ocurre con otros rubros de la cultura.

Debemos preguntarnos, ¿qué está pasando con la formación de públicos y la construcción y ejecución de políticas culturales? En el ámbito latinoamericano, a la cultura apenas se le empieza a tomar en consideración como pilar clave para el desarrollo humano, puesto que la impronta economicista ha sido la lógica de muchos festivales, conciertos y políticas de la cultura en la región, sacrificando capital social y haciendo prevalecer la relación costo/beneficio. Los empresarios de la cultura deberían empezar a reconsiderar el ganar taquilla, y en su lugar pensar en formar público. Sin embargo, la mentalidad “cortoplacista” prevalece, puesto que formar público es lento, largo y costoso y no genera rentabilidad en lo inmediato.

En el caso específico del jazz, los gestores culturales comprometidos con la formación en el género deberían pensar ¿mediante qué políticas o medidas se facilitarán el acceso, la llegada y la preparación no sólo de los consumidores especializados, sino sobretodo, del “no público” y de las nuevas generaciones? ¿Qué herramientas le proporcionarán a estos para que adquieran capacidades para decodificar un recital de jazz? ¿Cómo engancharán a un individuo para que se inquiete, se acerque y decida permanecer en espacio dedicado a esta música? Por otro lado, reflexionar sobre el fenómeno de la programación casi al mismo tiempo de varios festivales de Jazz, puesto que la oferta multiplicada no guarda correspondencia con la amplificación del público y esa mala estrategia conducirá a la subdivisión y/o fragmentación.

Para formar público deberá hacerse una reflexión amplia, compleja e integral sobre la cultura y relacionarla con el enfoque multidimensional, crítico e interdisciplinario del paradigma del desarrollo humano. La cultura tiene valores intrínsecos como la memoria, la creatividad, el conocimiento crítico, la ritualidad, la diversidad y el diálogo. Constituye el alma de todo proceso de desarrollo y de toda interrelación social, porque a través de ella se generan socializaciones, parentescos, afinidades y entornos más participativos. Es por ello que la cultura debería erigirse como una estrategia local o recurso con repercusiones glocales que propicia el diálogo y la deliberación, aporta valor a las economías locales, generando ingresos y empleo, valora lo diverso y genera entornos más incluyentes que favorecen la apropiación de múltiples espacios y territorios de las ciudades.

Formar público requiere de un esfuerzo conjunto no sólo de los empresarios de las industrias culturales, ni de los gestores, sino del conjunto de la sociedad que toma en consideración a la cultura como un pilar clave para su desarrollo, deconstuyendo y reconceptualizando lo que hasta el momento se ha entendido como tal. Sólo así, se logrará que más personas puedan vibrar con las diversas manifestaciones de la cultura y en el caso específico del Jazz, poder sentir en carne propia ese “latido” que le genera a los amantes de esta música, reviviendo el querer de Charlie Parker, para que el Jazz “baile en las cabezas” y “congele la sangre”, y no se reduzca a una música incidental que adorna una escena de la vida pero que no despunta.

Público en Festival de Jazz

Nota escrita para el Magazine Livingjazz No. 7

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Preguntas Abiertas

Por: Catherine Vieira, desde Medellín, Colombia.

Para el magazine LivingJazz No. 6

Hiromi Uehara

Hiromi Uehara

Michel De Certaud se refirió en su texto “La Invención De Lo Cotidiano. Artes De Hacer” (1996) a la capacidad del público o del lector para deconstruir múltiples e indefinidos significados a partir de su vivencia de lo cotidiano y a su manera de estar en el mundo. Sentenció su conocida frase: “Hoy, el texto es la sociedad misma” para hablarnos de las recepciones, usos y experiencias que le acontecían al hombre contemporáneo y que a partir de su actividad creadora podía superar la condición del “consumo receptáculo”.

Es así como Certaud defendió  la capacidad del ser humano para apropiarse de una manera menos literal, lineal y repetitiva el texto cultural que tenía ante sus ojos, refutando así, el presupuesto del disciplinamiento y marca que se ejercía sobre un público pasivo y moldeado por los productos.

Pensando sobre ello y en relación a cómo las personas se “enganchan” a escuchar Jazz, recordé una infinidad de referencias al género de manera hipertextual. Un Johnny Carter, personaje solitario de Cortázar  en “El Perseguidor”, anunciando: “estoy tocando mañana”. Recordaba además, sintiéndome un poco Otaku a las series animadas japonesas Cowboy Bebop y Baccano. Desde el cine clásico hasta el contemporáneo, con exponentes como Woody Allen, Clinton Eastwood, películas como American Splendor, Les Triplettes de Belleville, la hermosísima y visceral Round Midnight, el encantador The Pink Panther Show, así como en la maravillosas obras literarias El Tambor de Hojalata de Gunter Grass, La Vuelta al Día en Ochenta Mundos donde Cortázar nos presenta a “Louis Enormísimo Cronopio”, o en la literatura de Haruki Murakami, el Jazz se nos revela en clave personalísima, hipertextual, “a través” o “con”, haciéndonos partícipes como espectadores de “un mundo dentro de muchos mundos” donde el Jazz los recrea y toca infinitos sentidos.  En el cual, además,  tecnologías, medios y cosas, cambian la manera del “ver” y el ser humano efectúa su rol de constructor para darle significación a la vida misma y así “abrir el diccionario” que le lleva a aceptar diferentes razonamientos y sentimientos que provienen del orden cultural.

Cuando la japonesa Hiromi Uehara, pianista y compositora de jazz, empezó a tocar piano, su profesora le decía que tocara siguiendo una dinámica y no una técnica en sí. Si la pieza era apasionada, ella le decía “Toca rojo”, si era suave, ella le decía “toca morado”. Fue así como Hiromi argumenta que aprendió a tocar desde el corazón, y no solamente “desde el oído”.

Quizá de manera similar a partir de intersticios, muchos llegamos al mundo del Jazz, “escuchando lo que pasaban en la radio que ponía el abuelo”, queriendo saber “por qué la voz de las minas que cantan jazz es más rasposa y más blanda que nada en el universo y se mete hasta el fondo de los huesos”  como me comentaba Maria Griselda, una ciberamiga, contertulia de Jazz.

Aquello de los imaginarios y la construcción social de las cosas en ese afán ordenador que nos caracteriza como seres humanos, el texto cultural-la sociedad, el Jazz, es ante todo, experiencia, corazón y asociación: “whisky y humo de habano”, “Caos”, “El universo de células en expansión estallando dulcemente”, “una conversación llena de voces”, “fractales”, “limos, brillos y conchitas”, “recuerdos de conciertos”, “salita diminuta en el Saint Germain des Pres, Claude Bolling o cualquier viejito de su estilo, lo suficientemente cálido para sentirse como si uno fuera el único en la sala “.

Sí, el Jazz es ante todo “un latido” y en ese sentido bajo el paradigma de la Cultura para el Desarrollo: ¿Cómo hacer para volverle incluyente, participativo, dialógico y en pro del gozo estético de muchos, para multiplicar y llevarle a nuevos públicos y generaciones este sorprendente género?  ¿Qué hacer para que los Festivales de Jazz en el mundo, fueran más allá del costo/ beneficio, para devolverle el carácter popular a un género con una fuerte raíz social, que sirvió como autoterapia para un pueblo que sufría el desarraigo y la exclusión?  Las preguntas quedan abiertas, las respuestas (…)

Por: Catherine Vieira, desde Medellín, Colombia.

Para el magazine LivingJazz No. 6

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