La manera de conocer moderna, como bien argumentó Susan Sontag necesita de la imagen para que un acontecimiento se convierta en “real” . La fotografía define “un real” a partir de un fragmento, sin necesidad de ensancharlo, puesto que es una porción de tiempo y de espacio que siempre podrá encuadrarse de otra manera.
Cómo se percibe y qué quiere que se perciba no es una decisión menos de los consejos editoriales de las empresas periodísticas. No es gratuita una imagen del 25 de marzo de 1976 en el diario argentino Clarín que representaba “la absoluta normalidad” de las calles porteñas, al lado del acto de posesión del gobierno por parte de la cúpula militar. Como tampoco lo es, la imagen del también argentino diario La Nación el 24 de marzo del mismo año, donde el helicóptero sale de la casa presidencial y al día siguiente en la tapa muestran el acto de posesión como si se tratara de una circunstancia trivial, corriente, y no de un golpe de Estado.
Las fotografías y los textos se refuerzan mutuamente, atomizan, controlan y le cambian el foco a un hecho para mostrar “un real”, es así como la “información” llega a sus destinatarios por partes, recortada, discontinua y sin un adecuado contexto socio histórico. Fotografías que por sí mismas no explicarían nada, pero que ahí se erigen como instrumentos de la propaganda, haciéndole creer al destinatario que se está informando, cuando en realidad su comprensión no es más que un “simulacro de conocimiento” que se formula a partir de la apariencia de la representación de los hechos alterando la noción de lo real.
Bien lo señala Sontag, recordando a Wittgenstein, en su texto “Sobre la Fotografía“: el significado de la fotografía lo da su uso, es decir, cómo y dónde se inserte.




