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El Jazz: Expresión Contracultural, Sonido Politizador de la Experiencia

Por: Catherine Vieira, Medellín, Colombia.
Reproduzco mi nota para la edición No.3 de http://www.livingjazz.net/magazine/

Improvisación, multiplicidad y espontaneidad son algunas de las cosas que definen la forma de experimentar e interpretar el mundo desde el jazz: marcando
el ritmo, sintiendo su tránsito por la piel, la sangre y el corazón. Ya decía Charlie Parker, que quería que su jazz “bailara en las cabezas y congelara la sangre”, para que su música no se redujera a lo ornamental.

En Storyville un distrito de la ciudad de Nueva Orleans, en Luisiana, existían los Barrelhouse, unos bares de baja categoría muy comunes en los barrios de afroamericanos en los Estados Unidos. En este lugar habitaban las prostitutas, los maleantes, y los vagabundos, pero además, fue allí donde innumerables músicos encontraron trabajo como Buddy Bolden, Jelly Roll Morton, entre otros artistas del jazz originario. Los sonidos blues y el boogie woogie generarían tal experiencia, que daría lugar a que estos Jazzman propiciaran a través de su arte un encuentro con la vida para poder vivirla, expresando los problemas sin resolver, las verdades que no se querían enfrentar, cosas alegres, placenteras, pero también dolorosas.

El Jazz ha sido la música de un pueblo que soportó el esclavismo y la discriminación, equilibrando con el sonido el regocijo y el sufrimiento, ya fuera en las actuaciones de vaudeville, en las presentaciones de las Big Bands en la época del Swing ó con los contestatarios Boppers de los años 40. El Jazz le permitió a muchos seres humanos descubrir lo que debían hacer con la libertad, ya fuera escuchando la música, interpretándola o cantando, para decirse algo sobre ellos mismos que apenas empezaban a conocer. La impronta monocultural del hombre blanco, hizo que los afroamericanos en esa primera mitad del siglo veinte, no fueran reconocidos, por las secuelas del racismo y del sistema esclavista que les negaba sus derechos civiles. Sin embargo, más allá de las tragedias personales y colectivas, de la percepción del Jazz como música marginal, de burdel, de terraza de baile, de gangsters en Chicago y Kansas City de pasacalles y negra; esta música alcanzó en los años dorados el calificativo de música popular con sus enormes Big Bands, que luego contestarían los Boppers con ese aire intimista, individual y extravagante, lleno de sentimiento e indignidad.

Con el jazz primigenio y luego con el moderno se llevó a cabo una movida contracultural, que a partir de los blues expresaría un sentimiento doloroso, amargo y bello. Con “Strange Fruit“, Billie Holiday habló “sin pelos en la lengua”, sobre los atropellos en los Estados del Sur estadounidenses a la gente afroamericana. Esta canción se convertiría más tarde en un himno para el movimiento por los derechos civiles en EEUU. La irreverente y pasional 
por su parte, se involucró en los años sesenta al movimiento y grabó algunas canciones políticas como “To Be Young, Gifted and Black”, “Blacklash Blues,” “Mississippi Goddam” (en respuesta al asesinato de Medgar Evers y al ataque terrorista a la iglesia de Birmingham, Alabama, en 1963, por parte de suprematistas blancos y que se saldó con la muerte de cuatro niñas negras), En 1966, otro de sus temas, “Four Women” fue prohibido en Filadelfia y en las emisoras de Nueva York por las cosas allí dichas. Simone se fue de los Estados Unidos en 1969 tras la muerte de Martin Luther King, los desacuerdos con sus agentes, las compañías discográficas y la agencia de impuestos.

El Jazz como propuesta estética, sirvió como medio para denunciar, demandar y hacer visibles las contradicciones de la democracia norteamericana. Así como otras músicas, desde el sonido creó espacios de deliberación y contrapoder, formas de resistencia y ante todo un proceso de experimentación moral y estético que le permitió a sus músicos reinventar el mundo para sí mismos. El Jazz como movimiento de afirmación, individuación y liberación, demostró que la política es ante todo lenguaje, y que lo cotidiano se politiza con cada decisión tomada, para llevar a cabo una existencia más coherente.

Por: Catherine Vieira*
Para la edición No.3 de http://www.livingjazz.net/magazine/

*Politóloga, Periodista y Gestora Cultural

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Participación vs. Exclusión

Colombia, mi país, cuyo sistema político ha mantenido una continuidad institucional, una fuerte tradición jurídica y civilista de carácter liberal / republicano y una historia electoral sin rupturas; es al mismo tiempo un país que padece un conflicto político, social y armado del que se derivan problemáticas como la pobreza, el desempleo, la informalidad, la violencia intrafamiliar, social, la inseguridad ciudadana y rural, y las amenazas perpetuadas por grupos paramilitares, guerrillas, narcotraficantes y por parte del mismo Estado.

Aún con ejemplos muy valiosos de participación como el “presupuesto participativo” en Medellín que empezó a implementarse desde el 2004 tomando como ejemplo la experiencia de Porto Alegre, Brasil. O también, la adopción del método conocido como Investigación Acción Participativa (IAP) desarrollado en Colombia por un grupo de investigadores sociales bajo la coordinación del sociólogo e investigador Orlando Fals Borda (1925-2008) y hoy implementado en numerosos proyectos. La participación entra en pugna con el conflicto político, social y armado, que se acompaña además, de prácticas políticas corruptas, violaciones a los derechos humanos y una concentración de la tierra, la riqueza y el poder que hacen que la sociedad civil organizada esté desprotegida en ambiente de conflicto y prefiera mantener un bajo perfil para no llamar la atención de los violentos para proteger sus vidas y las de sus familias.

Los habitantes de las ciudades no necesariamente son ciudadanos, sino ocupantes de zonas urbanizadas en su mayoría, que no tienen funciones reales en la ciudad, tienen funciones en cuanto individuos. Continúan los arraigos en la tradición, pero de manera diferente y mestiza, quizá para defenderse contra un mundo incomprendido y la mayoría permanece al margen de lo político y se enraíza en localismos o ámbitos muy reducidos como la familia, los amigos y los vecinos en algunos casos, por otro lado, se genera un temor silenciado, tras el control que se hace de la población, sea este legal o no, para que acepten las decisiones de autoridad en aras de garantizar seguridad y protección. (El discurso que intenta superponer tanto el discurso gobiernista como los actores ilegales, sobre la premura de las prioridades de la población)

Este panorama de Exclusión social, sumado a la insatisfacción de las necesidades básicas humanas dificulta los procesos participativos puesto que el Estado se muestra incapaz de generar mecanismos de inclusión y además de responder a las demandas fundamentales de los grupos sociales.

En este contexto tan heterogéneo donde se entrecruzan tantas lógicas y pautas de acción entre los diferentes grupos sociales e individuos, ¿cómo organizar la participación en un país como Colombia?.

Hay una permanente tensión entre los discursos del respeto a los Derechos humanos  y la realidad de Colombia.  Nuevas reflexiones deben construirse no sólo sobre un orden justo y bueno, sustentado en discursos éticos, sino también sobre los órdenes y poderes de hecho constituidos por sujetos, saberes, relaciones, normas, procedimientos y representaciones colectivas. Es decir, la dicotómica relación: participación vs. exclusión.

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